Robert B. Laughlin –Premio Nobel de Física 1998 y profesor de la Universidad de Stanford– en Crímenes de la razón. El fin de la mentalidad científica (Katz editores, 2010) muestra la producción de conocimiento científico atrapada en las redes contemporáneas de prohibiciones, derechos de propiedad intelectual, procesos de mercantilización, demandas de seguridad y proliferación de spam. Y cada capítulo desprende frescura ante el absurdo de la apropiación monopólica, privada y estatal de la ciencia, en desmedro del dominio público.
La naturaleza ama ocultarse, enseñó Heráclito. No hace más que traducirlo Laughlin al afirmar que "la naturaleza es experta en criptografía". El espíritu científico busca explicar y comprender, decodificar y desocultar. El conocimiento resulta, entonces, análogo a la clave necesaria para descifrar un mensaje. Si no se la conoce, no se puede predecir lo que ocurrirá. Pero en nuestra jaula de hierro, se criminaliza la tecnología que permite desencriptar, burlar la protección contra la copia, un crimen que afecta económicamente a un puñado de empresas –pero saber cómo se comparten archivos beneficia a un número mayor de personas que a las que daña. También se oculta aquello ya desocultado. Se mantiene en secreto, aunque sea un secreto parcial. "La desaparición de pequeños detalles es muy relevante para restringir el acceso a la información, porque es precisamente en esos detalles donde radica su valor técnico", explica Laughlin. Todo parece a la vista, pero ese nivel sólo permite acumular errores. Las generalidades carecen de valor económico. Los que saben sobre los detalles ocultos han recibido un trato estatal especial, muchas veces consistente en la prohibición de salir de su país. ¿Acaso esta práctica terminó con el fin de la Guerra Fría?
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