Dejando a un lado por un momento estos años de aguda crisis y paro que todavía sufriremos, y confiando en que servirán de enseñanza, convendremos en que la figura clave de la economía del siglo XXI es el denominado “trabajador del conocimiento” (knowledge worker). Se habla, sí, de la economía del conocimiento y la innovación, y ya Peter Drucker nos describió el emergente perfil de este trabajador experto, aprendedor permanente, tan leal a su profesión como a su empresa; un trabajador que llena de significado el concepto de capital humano.
A esta misma figura, otros autores denominan trabajador pensante o trabajador creativo (thinking worker, creative worker), porque en su trabajo aplican tanto lo que han aprendido, como las inferencias que de ello derivan y su propia creatividad; no se trata de pensar de más, pero sí lo necesario para asegurar el resultado. Efectivamente, hemos de rechazar la sinonimia que, en lo cotidiano, percibimos a veces entre el concepto de capital humano y el de recursos humanos, como también y tan bien distinguimos la emergente era del conocimiento de la era industrial en declive.
Parece oportuno recordar algunos movimientos que, en torno al capital humano, se impulsaron sensiblemente ya en los años 90: el del aprendizaje permanente, el de la gestión del conocimiento, el de la destreza informacional, el del empowerment, el de la inteligencia emocional, el del aprendizaje organizacional… y asimismo el del pensamiento crítico. En no pocas empresas, si a uno lo pillan pensando puede verse en problemas, y quizá todavía suene en algún sitio aquello de “No te pago para pensar”; pero lo cierto es que todos deberíamos pensar más y mejor las cosas, en beneficio de los resultados.
Hemos de cultivar nuestro pensamiento conceptual, analítico, sintético, exploratorio, sistémico, conectivo, inferencial, lateral, abstractivo… y también el pensamiento crítico, por muchas reservas que suscite. Sin pensadores críticos, todavía hoy creeríamos que el Sol gira alrededor de la Tierra, y no al revés, y tanto la mejora continua como la innovación precisa en las empresas de pensadores críticos que cuestionen las cosas; una figura que hemos de separar claramente de la criticidad o el escepticismo.
En el mundo empresarial, se entiende que el individuo crítico busca defectos o fallos, pero hemos de recordar que el pensador crítico —tal como se ha definido por los expertos— busca verdades; el primero presenta una actitud negativa, y el segundo, exploratoria; el primero cree poseer buen juicio, y el segundo desea tener un buen juicio; el primero se precipita en sus inferencias, y el segundo las lentifica; el primero busca fracasos y culpables, y el segundo identifica causas y consecuencias; el primero da por bueno todo lo que avala sus juicios, y el segundo contrasta toda la información. Distingamos, sí, la criticidad-reprobación del saludable pensamiento crítico.
Sin duda, la productividad, la mejora continua y la innovación pasan a menudo por el cuestionamiento de las cosas; pero no menos precisa es la perspectiva sistémica al prevenir las consecuencias de decisiones y actuaciones; ni la penetración en los análisis; ni la capacidad de síntesis al consultar la mucha información que nos rodea; ni el rigor conceptual en la comunicación; ni el acierto en las inferencias y abstracciones; ni el establecimiento de conexiones mentales al aplicar soluciones.
Pero, ¿a qué vienen estas reflexiones? No hace falta insistir en que el conocimiento es distinto de la información, o en que la innovación es bastante más que la renovación tecnológica; pero sí hemos de convenir en que, en la medida en que nos hallemos en una empresa del saber y el innovar, el pensamiento puede forma parte sensible de nuestra actividad, y las ideas o soluciones pueden aparecer en nuestra mente a cualquier hora y en cualquier lugar. Este trabajo no se puede medir en horas de presencia en la oficina, ni sintoniza con la subordinación del saber al poder.
En una economía que precisa de buenos profesionales técnicos como de buenos gestores, hemos de definir debidamente ambos perfiles dentro de la realidad de cada organización y distribuir la toma de decisiones en beneficio de la productividad. Quizá no quepan aquí todos los modelos de liderazgo y seguidismo que se postulan, como tampoco las rigideces en el horario y lugar. Sí cabe, y resulta seguramente imprescindible, una apuesta colectiva por la profesionalidad bien entendida tras metas compartidas; un alineamiento sinérgico de las inteligencias, incluidos valores y modelos mentales; una cultura que valore el capital humano, más allá de las apariencias.
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